
Serie de artĂculos para el reconocimiento a la obra de Efigenio AmezĂșa recopilados por la AEPS.
AYER DESDE HOY
Octubre de 1992.Tras la puerta verde de la calle Vinaroz, me encontré un lugar anclado en los años 70.
Me fijĂ© en el aula donde se supone que se iban a impartir las clases. Un sitio sin ventanas. Pegadas a las paredes sillas puestas en cĂrculo, entre ellas al frente, una pequeña mesa y una silla de despacho, tras lo cual habĂa una pizarra. Suelo de moqueta. Paredes de papel pintado. Tonos oscuros. Algunas fotos en las paredes. Libros, papeles escritos a mano. Alguna estanterĂa marrĂłn. La sala se cerraba con una puerta. Un espacio tan atractivo como feo. En un principio no habĂa mucha escapatoria. La mirada estaba conducida. El Ășnico paraje para mirar era hacia dentro de la clase, mirar a quienes compartirĂamos durante dos años esa aula, mirar a los profesores, y sobre todo mirar hacia una misma. Era como un Ăștero. Era el ambiente perfecto para no despistarse con nada. Con el tiempo me di cuenta de que no hacĂan falta ventanas, y que ni siquiera la decoraciĂłn tan demodĂ© sobraba. Estar ahĂ era suficiente para ver un universo lleno de posibilidades.
QuizĂĄs Efigenio siempre lo supo, a pesar de las grandes ideas que quienes pasamos por allĂ le dimos para actualizar el espacio. QuizĂĄs supo que ese era el lugar perfecto, que crearĂa el clima necesario para su formaciĂłn.
Nos sentĂĄbamos en corro, unas frente a otras, al lado de otros. Para encontrarnos, desencontrarnos, buscĂĄndonos, evitĂĄndonos, aliĂĄndonos y separĂĄndonos. Las miradas bailaban ante la exposiciĂłn de nuestros cuerpos, de nuestros balbuceos y discursos; Ante las risas, miedos, tensiones, suspiros, y vergĂŒenzas, que flotaban en el aire.
Lo mejor sucedĂa en el ĂĄrea interior de aquella circunferencia humana. En ese vacĂo que se llenaba de verbo y carne.
Efigenio, sabĂa que el circulo era el modo donde la vulnerabilidad de la exposiciĂłn, y la fortaleza de la misma se unĂan, donde esconderse era difĂcil, pero se podĂa, y donde la comunicaciĂłn no verbal tenĂa mucha presencia, nuestros cuerpos se mostraban, a pesar de nosotras mismas, nos hacĂa entrar en relaciĂłn, se actuaba sin tener consciencia, o sĂ?, y se daba pie a poder decir, o desdecirse. SentĂamos que tenĂamos un lugar. Esta disposiciĂłn nos hacĂa entrar en relaciĂłn. El maestro era parte, sin ser parte, fĂsicamente estaba en Ă©l, pero Ă©l miraba a los demĂĄs desde sus diferentes lugares. La ambivalencia era parte de su movimiento. Inmersos en su juego, los participantes por momentos conseguĂamos olvidarnos del profesor que dirigĂa, apuntalaba con preguntas inocentemente calculadas. Bajo su mirada atenta. ObservĂĄndonos. NutriĂ©ndonos.
Horas, muchas. DĂa y medio sin parar, intensidad y profundidad. Emocional y mental. Era una terapia de inmersiĂłn donde inevitablemente te impregnabas de algo de lo que quizĂĄs ni te acordarĂas al cerrar esa puerta verde. No era casual. Bien es cierto que los masters eran, son, intensos porque hay que comprimir materia, aprovechar el tiempo y sacar rĂ©ditos a lo pagado, a la energĂa invertida, y a los kilĂłmetros hechos. Pero claramente habĂa otro objetivo del que quizĂĄs no se hablaba tanto. Me refiero a ese movimiento casi inconsciente que trae la inmersiĂłn en un espacio, y tiempo, fuera casi de la realidad. Donde todo se intensifica tanto, que tenemos una borrachera de conceptos, mezclados con vivencias, emociones saturadas de incomprensiĂłn cognitiva. Hasta que algo mĂĄs allĂĄ de lo que decimos, se va asentando. Algo que a menudo supera la pura dialĂ©ctica epistemolĂłgica. Fundamental para aprehender desde otro lugar.
No sĂ© como aguantĂĄbamos aquellas sillas, lo mismo se te dormĂa el culo o la pierna, que se tensionaba la lumbar, y sin mĂĄs remedio tenĂas que moverte, incluso erguirte, para poner el cuerpo en situaciĂłn de atenciĂłn. Creo que no las cambiĂł para estar atentos, posicionĂĄndonos en la escucha activa. De nosotras mismas, y de Ă©l.
Luego tenĂamos casi un mes para, sacudir nuestros cuerpos encogidos en aquellas sillas, recuperarnos de la embriaguez, vivir nuestras vidas pareciendo que allĂ no habĂa sucedido casi nada, hacer los trabajos aparentemente sencillos como la hoja de sĂntesis-evaluaciĂłn, o aquellos relacionados con leernos libros descatalogados fotocopiados y enmaquetados por la copisterĂa de al lado del Incisex. Nunca nos habĂa pasado leer algo tan viejuno, o que a un profesor universitario realmente le importara lo que nosotros opinĂĄbamos sobre la materia impartida, menos aĂșn sobre el modo de impartirla, ni quĂ© decir sobre el profesor que la daba. Y Ă©l querĂa nuestra evaluaciĂłn. Aquello era muy diferente.
Y allĂ estaba Ă©l. Efigenio, como maestro de ceremonias. Un afable señor de pelo entrecano, cuya edad nunca se supo, vestido con una elegancia desganada, con cara de despistado, y a la vez que preparaba su pipa te miraba por encima de sus gafas con una media sonrisa que lo mismo te invitaba a acercarte, que te disuadĂa de hacerlo. Era un no saber con Ă©l.
Visto el lugar, y visto el maestro, parecĂa que allĂ no sucederĂa nada verdaderamente importante, o, ÂżsĂ? Todo demasiado decadente.
Pero aquel señor Efigenio AmezĂșa, y su compañera de trabajo y de vida Nadette Foucart, junto a su equipo lo tenĂan todo bien atado, poco quedaba al azar. Nosotras, todos Ă©ramos el azar que año a año entraba por la puertita verde de Vinaroz.
Agurtzane Ormatza.
