Entre las muchas definiciones que suelen darse del “heteropesimismo”, topo con ésta: la creciente frustración de muchas mujeres con las relaciones de pareja con los hombres, o la sensación —cada vez más extendida— de que los deseos y vínculos de pareja con hombres desgastan más de lo que aportan.
Evolución de la soltería en España: la foto y la tendencia
En España, la tasa de soltería lleva años aumentando, alcanzando un número histórico de más de 14 millones de personas sin pareja, lo que representa aproximadamente el 36% de la población. Es destacable, en este sentido, un aumento exponencial de personas que nunca han convivido en pareja antes de los 39 años. Además, la edad media para tener pareja ha aumentado considerablemente, pasando de los 25 años para los hombres a 36,8 años para mujeres en el 2022.
Centrándonos en ellas, en apenas dos décadas, España ha duplicado el número de solteras. Las mujeres solteras treintañeras pasan de 800.000 a 1,6 millones, y las de más de 40 años pasan de 300.000 a más de un millón. Algo lógico teniendo en cuenta que nosotras estamos prolongando la soltería en edades tempranas y medias, en paralelo a una mayor autonomía educativa y laboral.
Este panorama dialoga con las proyecciones del INE: crecimiento sostenido de hogares unipersonales (hasta 7,7 millones en 2039, 33,5% del total) y tamaño medio del hogar a la baja (2,32 personas en 2039). Y todo ello en paralelo al problema número 1 de nuestra sociedad actual, el de la vivienda: con la presión del alquiler y el boom del piso compartido (sube oferta y precio de habitaciones), es innegable que la apuesta de un modelo de pareja en este caso convivencial afronta grandes retos.
Por último, un concepto que hace años ni siquiera hubiese sido pensable aparece con fuerza: el celibato definitivo, es decir, el de quienes deciden que pueden tener aventuras eróticas o afectivas (o no) pero que no se van a vincular bajo el formato de lo que podemos considerar una pareja. La idealización del amor como cuestión indispensable para las mujeres se ha fracturado y estamos transitando tiempos donde las mujeres están comprendiendo que la solterona que antes recibía el desprecio social, es hoy en día una figura cada vez más legítima y plena; y su auge no se entiende sin las cotas de libertad alcanzadas por las mujeres ni sin la deslegitimación de la pareja por mandato u obligación.
Oooooh, cómo hemos cambiado, qué lejos ha quedado aquella realidad
Hoy, muchas mujeres que se vinculan con hombres están menos dispuestas a sostener cargas invisibles que antes se naturalizaban. Cuando ese cambio se cruza con hombres heterosexuales que no han reajustado su posición en la vida pública, íntima (y muy significativamente, la vida erótica) y doméstica, o incluso en la laboral (ya que cabe la posibilidad de que ellos no tengan el puesto más alto o aporten el salario más elevado en la pareja), el desencuentro crece.
Las mujeres, por tanto, están rompiendo con el rol de gestoras emocionales y logísticas del hogar y de la relación (madres de niños y a su vez “madres” de sus parejas hombres). La crítica a la carga mental que supone la logística, cuidado, planificación familiar o tareas de reparación emocional visibiliza la doble presencia (trabajo remunerado y no remunerado) y su impacto en salud y bienestar. A muchas, a pesar de su deseo de vincularse con hombres, simplemente no les compensa. Sencillamente, ya no estamos dispuestas a soportar ese panorama.
Se profundiza la “brecha de ajuste masculino”: parte de los hombres no ha recalibrado sus prácticas hacia la corresponsabilidad erótica, emocional y doméstica; de ahí el desencuentro: ellas demandan igualdad real en lo público y en lo privado, pero también en lo íntimo: como agentes conscientes de su sexualidad, demandan escucha y dejar de lado prácticas eróticas si no están a gusto con ello, cortejos más respetuosos y una negociación erótica (sí, aquí también nos encontramos con el consentimiento) frente a planteamientos más instrumentales, inmediatos y ejecutivos más comunes en ellos. Y, muy importante, demandan sostén en la vulnerabilidad, en los momentos frágiles.
Ellos, por contra, perciben pérdida de privilegios o de libertad. En encuestas recientes, una fracción significativa de varones considera excesiva la promoción de la igualdad, síntoma evidente de la mencionada brecha de sexos. No olvidemos que, en parte, de ahí nacen fenómenos como los “incel” (hombres célibes involuntariamente y muy cabreados con las mujeres y las ideas feministas y progresistas) y la vuelta aspiracional de la “tradwife” (la “esposa tradicional”), que idealiza el retorno al hogar y a la subordinación femenina. De esto se ha hablado muchísimo, tanto como de las nuevas perspectivas y deseos de las mujeres.
Sin embargo, y más allá de los ultras, la mayoría de los hombres heteros saben qué es lo que rechazan las mujeres y se sienten interpelados por su decepción. La pregunta es: ¿qué es lo que ellos desean y hasta dónde están dispuestos a mover ficha? Esta es la gran cuestión que queda pendiente.
Tampoco podemos obviar que vivimos en una sociedad que cada vez impulsa más el individualismo, que promueve la autosuficiencia emocional: cada quien debe “gestionar lo suyo”, responsabilizarse de su bienestar, no depender demasiado. Esta tendencia convive mal con la idea de interdependencia, que es la base de las relaciones de pareja adultas. En contextos colectivistas, cuidar y ser cuidado forma parte natural del vínculo.
En contextos individualistas, cuidar puede vivirse como una carga, y ser cuidado como una amenaza a la autonomía. Y esto afecta especialmente a las relaciones heterosexuales, donde históricamente las mujeres han sido socializadas para cuidar y los hombres para recibir cuidados sin reconocerlos como tales. En una sociedad donde ellas rechazan ya ese rol —y ellos no han sido educados para asumirlo de manera simétrica— el vínculo entra en cortocircuito.
¿Es posible la sinergia y convivencia entre los sexos?
Por sinergia entre los sexos no hablamos de volver a “complementarismos” rígidos, sino a aprender precisamente los recursos para poder entender el dialecto del “otro sexo”, y en concreto a poder comprender y dar condición de legitimidad a sus necesidades y aspiraciones en un posible proyecto de pareja. Además, si la pareja ya no solo implica “soportar” al otro, la convivencia ya no se reduce solo a cohabitar: es un diseño abierto a la negociación del propio vínculo, con todo lo que implica de tiempos, acuerdos, límites y rituales que mantengan los deseos, los cuidados y la propia perspectiva de proyecto a futuro que son las bases de la pareja moderna.
El heteropesimismo expresa el choque entre relaciones diseñadas para el siglo XX y las mujeres (y también los hombres) del siglo XXI. España cambia, la soltería crece, las estructuras vitales se reconfiguran. Pero eso no significa que la relación entre hombres y mujeres esté rota: solo significa que necesitamos nuevas herramientas, nuevos relatos y una no tan nueva alfabetización sexual en este nuevo mapa.
Tanto la soltería como la pareja pueden ser caminos expansivos si se viven desde la libertad, el cuidado y la responsabilidad mutua.
Aitzole Araneta
Sexóloga

