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Encuentros eróticos adolescentes: enseñando lo de siempre para que nada cambie

2 Mar 2026 | Artículos, BIS | 0 Comentarios

Los titulares alarman: “El uso del preservativo se desploma entre adolescentes”. Y sí, los datos confirman un retroceso notable. El último informe del Ministerio de Sanidad señala que solo el 65,5% de jóvenes de 15 a 18 años usó preservativo en su último encuentro erótico, una caída de 18 puntos desde 2002. Entre las chicas, la cifra baja aún más, hasta el 60,8%, y según subraya el estudio es especialmente preocupante entre las de 15-16 años, donde el uso se desploma hasta el 63%, con una caída del 20% en cuatro años

Pero tras el escándalo estadístico aparece, como siempre, la ceguera conceptual: seguimos llamando “relaciones sexuales completas” únicamente a los encuentros eróticos que incluyen penetración. Todo lo demás—masturbación mutua, práctica oral, caricias, intimidad erótica no coital—parece no computar, no educarse, no existir. Y luego nos extraña que la prevención dependa solo del condón.

Coitocentrismo: la misma piedra en la que tropezamos desde hace décadas

El discurso institucional lleva décadas atrapado en el coitocentrismo, una visión que reduce el sexo al coito y la protección, a los anticonceptivos para ese coito. Cuando se usa el concepto “relaciones sexuales completas” para referirse a penetración vaginal, como si todo lo demás fuera un preliminar irrelevante —o directamente no formara parte del encuentro.

Este marco impide enseñar prácticas aconceptivas, es decir, formas de encuentro erótico placenteras y afectivas que no implican riesgo de embarazo y tienen menor riesgo de Infecciones. La educación sexual actual sigue centrada en prevención de infecciones y métodos anticonceptivos, dejando en un rincón invisible el enorme abanico de prácticas sin penetración.

¿Sorprende entonces que los adolescentes, educados para pensar que ”encuentro = penetración”, lleguen a esa penetración mal protegidos?

La desigual carga: “ellas” no usan condón… que en realidad solo pueden usar “ellos”

Otro punto clave del informe: los titulares insisten en que “las chicas usan menos preservativo”. Pero se refieren, por supuesto, al preservativo masculino y no al femenino, que deben colocarse (excepto si hablamos de chicas con pene que penetran con su genital) los chicos (exceptuando a aquellos que tengan vulva).

El retroceso femenino desde 2002 es del 26,3%, más del doble que en los chicos, que caen un 15%. Y aquí opera una lógica social muy sencilla: 

Los temas anticonceptivos —y, por extensión, del cuidado de la salud — deberían ser una responsabilidad compartida. Pero la corresponsabilidad no se construye en el vacío: se asienta sobre una historia muy concreta de reparto desigual de los cuidados. Durante décadas, han sido ellas quienes han asumido la gestión del riesgo procreativo: tomar la píldora, acudir a consultas médicas, tolerar efectos secundarios, pagar métodos anticonceptivos o recurrir a la píldora del día después cuando algo falla. Esa carga no ha sido simbólica, sino corporal, económica y emocional. En ese contexto, alarmarse porque disminuya la compra o la gestión del preservativo por parte de las mujeres no es un avance en igualdad, sino una reubicación del cuidado sobre el mismo cuerpo de siempre. No se trata de trasladar la responsabilidad a los hombres, sino de dejar de dar por hecho que debe seguir recayendo en ellas. El preservativo no es un método neutro: es un dispositivo que se suele colocar sobre el cuerpo del chico y cuya gestión, históricamente, no ha acompañado a la de los anticonceptivos hormonales ni a la asunción de sus consecuencias. Por eso muchas adolescentes seguramente no sienten que sea su responsabilidad llevar condón. No por desinterés ni irresponsabilidad, sino porque la gestión anticonceptiva rara vez ha sido compartida en sentido amplio: no suele ser el chico quien pregunta si ella ha tomado la píldora, quien la paga a medias o quien se hace cargo de sus efectos secundarios. La corresponsabilidad no consiste en añadir nuevas tareas a quienes ya sostienen el cuidado, sino en revisar cómo se distribuye y quién lo asume. La asimetría, en efecto, es tan vieja como nuestro modelo erótico. Y mientras no se cuestione ese modelo, seguiremos llamando “responsabilidad compartida” a lo que, en la práctica, continúa siendo una responsabilidad feminizada.

La falsa alarma de la adolescencia descontrolada: no “follan” más, “follan” menos

Los datos desmontan otro mantra moralista: la supuesta hipersexualización juvenil. El porcentaje de adolescentes que ha tenido relaciones coitales no ha aumentado en 20 años, situándose estable en torno al 34,8%. 

De hecho, todo apunta a que la juventud tiene menos encuentros que generaciones anteriores. Y aquí aparece otro  punto clave: si “follan” menos, existe la mitad de la explicación al descenso de uso del condón. La práctica disminuye, la costumbre (también de llevar condón) se olvida, el aprendizaje informal desaparece.

Las Infecciones de Transmisión Genital (ITG) ya no dan miedo, y sin miedo se diluye la prevención

Para quienes crecimos bajo la sombra del VIH, el preservativo era una cuestión de supervivencia. Hoy, cambios biomédicos, tratamientos eficaces y desconocimiento sobre otras ITG como la hepatitis o la sífilis han borrado esa memoria colectiva. Los informes alertan de un incremento notable de ITG entre jóvenes, vinculado precisamente al descenso del preservativo. Pero la percepción de riesgo es mínima. 

Si ya no se teme al VIH y no se habla de otras ITG… ¿por qué esperar comportamientos preventivos sólidos?

El problema estructural: seguimos educando para evitar el embarazo y las infecciones más que para cultivar en erótica, diversidad y abrir perspectivas

La educación sexual institucional sigue enfocada a:

  1. Embarazos no deseados.
  2. Riesgos biológicos.
  3. Métodos anticonceptivos.

Falta legitimación del erotismo no coital y sobre prácticas seguras y sin penetración. Falta formación sobre consentimiento real y negociación del preservativo.

Y así, transmitiendo la idea de que el encuentro “de verdad” pasa por el coito, sostenemos el mismo marco conservador que luego fingimos criticar.

Es paradójico: hoy, la actitud “revolucionaria” sería precisamente salirse del coitocentrismo y abrir la posibilidad de imaginar prácticas genitales y amatorias diversas, más seguras y no procreativas. Pero el discurso oficial—ese que se escandaliza de los datos—sigue instalado en la visión más tradicional posible.

Menos moralina y más educación sexual real

La caída del uso del preservativo no es un misterio. Es un síntoma:

  • De una educación sexual incompleta y anticuada.
  • De una pérdida de percepción de riesgo.
  • De un modelo sexual que glorifica la penetración y desprecia el resto de prácticas.
  • De una desigualdad  que coloca la responsabilidad en quien menos capacidad tiene de ejercerla., las chicas. 

Si queremos cambiar algo, habrá que dejar de escandalizarnos por porcentajes y empezar a revisar nuestras categorías, nuestras palabras y nuestros silencios, y ver en qué modelos eróticos llevamos décadas insistiendo sin darnos cuenta.

Porque mientras sigamos llamando “sexo completo” únicamente a la penetración, lo incompleto no será el el encuentro adolescente, sino  nuestra forma de entenderlo.

Aitzole Araneta

Sexóloga