Aitzole Araneta*

En los últimos tiempos estamos asistiendo a la visión de la pornografía como un asunto de Estado. Sin embargo, el enfoque que está prevaleciendo es el que tiene que ver con limitar o prohibir el acceso al porno.
Parece evidente que el consumo de contenido pornográfico influye en menores y adolescentes en la misma medida en la que lo hace la falta de educación de los sexos de calidad, de manera evolutiva y con continuidad a lo largo del proceso educativo. Es decir, ante la falta de contenidos pedagógicos que eduquen de manera amplia e integral en la construcción del individuo en toda su dimensión sexuada (incluida la relacional); y no solo basada en puntuales intervenciones educativas centradas en los riesgos, el peligro la prevención de embarazos y el contagio de Infecciones de Transmisión Genital.
La función de la pornografía no es enseñar ni educar. El porno no es escuela, su labor no es enseñar nada a nadie, ni siquiera el porno menos mainstream o menos convencional. El objetivo de la pornografía es ser un productor de fantasías, y a través de ellas generar ciertas dinámicas que redunden en un retorno económico. Pero si no le pedimos a otro género cinematográfico que eduque a nuestras adolescencias, es un error pedírselo al porno. Sin embargo, ante la falta de educación de los sexos se viene introduciendo cierta idea: que el porno no es ficción sino algo que ocurre en la realidad, una realidad a imitar.
El poder del porno reside, además, en que Internet ha modificado la influencia que siempre ha tenido el grupo de iguales en la obtención de información respecto a la sexualidad. En cambio, ahora son las amistades las que funcionan como el agente que recomienda los vídeos o páginas pornográficas “adecuadas” (Ballester, Orte y Pozo, 2014; Ballester y Orte, 2019).
Cuando hablamos de consumo de pornografía podemos analizarlo de manera similar al consumo de otros materiales audiovisuales, que pueden generar dependencia (por ejemplo, los atracones de material audiovisual o “binge-watching”) en la medida en que los efectos psicológicos son la gratificación derivada de la evasión, seguida de un sentimiento de culpa derivado de la pérdida de control ( Gavilan, Martínez-Navarro, y Martínez-Serrano, 2023).
Sin embargo, la particularidad del material audiovisual pornográfico reside en que el placer otorgado por la pornografía puede llegar a generar unas pautas de comportamiento particulares derivadas del consumo en la intimidad que provoca la propia naturaleza del material explícito, así como a la mayor cantidad de dopamina que se libera en la práctica masturbatoria asociada al visionado del material (Instituto de Neurociencias Aplicadas, 2022). Así, es más probable que esta mayor descarga de dopamina mediante el consumo del porno incentive la repetición de la conducta.
En este sentido, y volviendo al asunto introducido en primer lugar, si enseñáramos la riqueza de los encuentros, de la convivencia y del valor de relacionarse desde la infancia y adolescencia, y lo fuéramos adaptando a las edades correspondientes, podríamos generar pensamiento crítico hacia la pornografía para cuando esta llegue a ojos de los más jóvenes. Si los adolescentes contaran con las herramientas y conocimientos sobre estas cuestiones desde edades tempranas, entenderían, al ver una escena de estas películas, lo inverosímil que resulta a sus ojos y podrían ser críticos con ellas3 (Araneta y Arriola, 2023).
Cerca 7 de cada 10 adolescentes consumen pornografía, y algo más de 3 de cada 10 no lo hacen, según información provista por la ONG Save the children, El primer acercamiento a este tipo de contenido por parte de los jóvenes tiende a darse alrededor de los 12 años.
Es importante señalar que un 84% lo consume a solas, siendo el consumo en compañía de la pareja un consumo minoritario4 (Gómez, Kurik y Sanmartín 2023).
Las estadísticas dicen que principalmente se hace a través del móvil: el 76,6 % se hace desde smartphones, frente al 16,3 % desde ordenadores y el 7,1 % desde tablets (Pornhub, 2019).
Los motivos que se destacan como relevantes para consumir pornografía entre las personas más jóvenes encuestadas son: en primer lugar, para masturbarse (43,9 %) y, en segundo lugar, por curiosidad (40,4 %), siendo el tercer motivo aprender sobre sexo (25,4 %) (Ballester y Orte, 2019). Al ser preguntados por la pornografía como fuente de aprendizaje, un 40 % la reconoce como tal (Barroso y Sanjúan, 2020). Siendo esto así, representa el 33,4% el porcentaje de adolescentes que cree que el porno influye mucho en sus encuentros eróticos.
Por tanto, los datos nos muestran un consumo mayoritario de pornografía entre la población adolescente si bien no es hegemónica, así como que el efecto de imitación de las prácticas que suceden en el porno es relevante, si bien a diferencia de ciertas campañas y mensajes en varios medios de comunicación, dista de poder calificarlo como una “epidemia”. Todo apunta a un crecimiento del consumo con el paso del tiempo (no de manera espontánea ni explosiva) por el mayor desarrollo tecnológico y un acceso relativamente sencillo a estos materiales, auspiciado por la falta de herramientas personales adquiridas a la hora de enfrentarse al consumo de este producto audiovisual.
Es, en resumen, conveniente contextualizar estos datos para evitar alarmismos que generen urgencias y de ello se tomen medidas que respondan a lo urgente/inmediato, dejando de lado la atención a lo importante.
Los estudios de referencia manejados resaltan que la pornografía es capaz de normalizar la violencia entre las personas jóvenes porque no se les ofrecen herramientas para poder interpretarla críticamente. También tenemos que tener en cuenta que este tipo de imaginarios violentos (machistas, racistas o diversófobos) no se encuentran solo en la pornografía, sino que convivimos diariamente con ellos y son difundidos en diversas manifestaciones culturales que invaden la esfera social.
Los mismos estudios aluden también a que más del 50% de los mismos opina que la familia no ofrece una educación sexual de calidad, o que tampoco la ofrece el centro educativo al que acuden (46%).
Cabe, por último, reflexionar sobre si los chicos jóvenes se relacionan con las chicas de manera más violenta. A veces, de tanto repetir una frase, este se convierte en axioma, lo que dificulta su cuestionamiento. El hecho de tener más sensibilidad y conciencia acerca de ciertos temas, como puede ser la violencia ejercida hacia las mujeres en determinados contextos, no es sinónimo de que estos hechos se produzcan cada vez más ni con mayor frecuencia. Puede ser que no pocos jóvenes sean aún machistas. Sin embargo, es innegable que la población más joven o adolescente, está mucho más instruida y cultivada que hace veinte años. Ninguna generación ha sido testigo de mujeres jóvenes tan empoderadas como ahora, más seguras de lo que quieren y de lo que no les apetece, entendiendo lo que puede significar un no o un sí dentro de una interacción erótica – cuestión aún pendiente de ser trabajada con más matices y profundidad – pero de lo que generaciones anteriores no han recibido instrucción. Por otra parte, no habíamos asistido hasta ahora al proceso de algunos jóvenes hombres adolescentes que van, poco a poco, cuestionándose y haciéndose preguntas acerca de sus masculinidades y sus interacciones con las mujeres. Por ello, es conveniente no caer en reduccionismos y estereotipos al aludir a las generaciones más jóvenes.
La sexualidad, nuestra dimensión sexuada, nuestra manera única y peculiar de habitar en el mundo, no va de genitales ni de placeres. Como valor cultivable que es, se enseña, se aprende y se cuida. Y esto es, precisamente, lo que necesitan saber los jóvenes y para ello estamos, para acompañarlos en el proceso de construcción de sus biografías. Biografías que no están mediadas (solo) por la pornografía, afortunadamente. Pensar que solo el porno enseña a follar a adolescentes es superficial y reduccionista, y debemos cuestionar esta idea, como profesionales y como sujetos. Por ello la necesidad de educación sexual, de proporcionar ideas, apelando a los “síes” que suelen ser más fructíferos y ricos que los “noes”. La criminalización, la prohibición y el tabú no resuelven los asuntos del sexo, más bien los complican. El consumo de pornografía es una cuestión de nuestro tiempo y, como tal, debemos abordarlo con actitud curiosa, comprensiva y tranquilizadora, más que alarmista, evitadora o generadora de rechazo.
Por todas estas cuestiones defendemos una educación de los sexos integral y transversal. Donde aprendamos, desde que empezamos a relacionarnos con el entorno y los sujetos, la complejidad de las relaciones e interacciones humanas, también en el momento del encuentro. Es nuestro deber, como profesionales, generar espacios para que las personas más jóvenes puedan plantear sus dudas sin temor a juicios externos. Es cierto, probablemente, que la educación produce sus efectos de manera más lenta que la vía de limitar y prohibir mediante tecnología el porno o mediante la vía judicial, pero es, sin duda, mucho más eficaz.
Para ello, desde la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología insistimos en que es profundamente contradictorio reclamar educación sexual pero no posibilitar marcos de intervención que la implementen. Así, corremos el riesgo de volver a la casilla de salida: a la consabida educación para evitar embarazos e infecciones de transmisión genital, con algún parche añadido en prevención de violencia.
A diferencia de esta, existe la educación sexual que puede proporcionar herramientas para generar relaciones más satisfactorias, basadas en nuestros deseos y apetencias, las que sean. Y que resulte en generar más convivencia, encuentro y sinergia entre los sexos. No se trata de imponer criterios cerrados para definir un encuentro “saludable” que nos remita a antiguas consignas higienistas o de decir cómo tienen y sobre todo, cómo no tienen que encontrarse nuestros menores. Se trata de ofrecer las ideas y valores que les resulten útiles a cada individuo.
En este sentido, y como viene siendo para otras disciplinas donde nadie cuestiona que la profesora de matemáticas o de historia imparta esta especialidad y lo haga a lo largo del tiempo, para realizar esa educación en ideas y valores es fundamental una apuesta decidida en tiempos y recursos. Y en profesionales de la educación de los sexos.
*Sexóloga.
Bibliografía:
Araneta, A. Arriola, F. (2023) El porno crea maltratadores. España: AEPS. https://bisaeps.wordpress.com/2023/11/20/el-porno-crea-maltratadores/
Ballester, L., Orte, C., & Pozo, R (2014). Estudio de la nueva pornografía y relación sexual en jóvenes. Sevilla: Anduli. Revista Andaluza de Ciencias Sociales, (13), 165-178.
Ballester, L., Orte, C., & Pozo, R. (2019). Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales de adolescentes y jóvenes. Mallorca: Vulnerabilidad y resistencia. Experiencias investigadoras en comercio sexual y prostitución, 249-284.
Barroso, L. Sanjuán, C. (2020) (Des)información sexual: pornografía y adolescencia. Un análisis sobre el consumo de pornografía en adolescentes y su impacto en el desarrollo y las relaciones con iguales. España: Save the Children. https://www.savethechildren.es/informe-desinformacion-sexual-pornografia-y-adolescencia
Efectos de la pornografía en el cerebro de los adolescentes. Instituto de Neurociencias Aplicadas (2022). https://www.neurocienciasaplicadas.org/post/efectos-de-la-pornograf%C3%ADa-en-el-cerebro-de-los-adolescentes
Gavilan, D. Martínez-Navarro, G. Martínez-Serrano, E. (2023) Hablemos de series
Binge-watching vs. maratón. La dualidad en el consumo de episodios desde la Teoría Fundamentada. Sollihul (UK): Comunicar: Revista Científica de Comunicación y Educación, 75, 77-90.
Gómez Miguel, A., Kuric, S. y Sanmartín, A. (2023). Juventud y pornografía en la era digital: consumo, percepción y efectos. Madrid: Centro Reina Sofía de Fad Juventud.
Rodriguez Suarez, M. (2020) Construcción del imaginario sexual en personas jóvenes. Oviedo: Conseyu de la Mocedá del Principáu d’Asturies.
The 2019 Year in Review. Pornhub (2019) https://www.pornhub.com/insights/2019-year-in-review
