*Joserra Landarroitajauregui
(Artículo publicado en el BIS Nº 72-73, Julio- Diciembre de 2012)
Recurrencia y fijación
Para quienes nos dedicamos al mundo de las parejas y sus entresijos íntimos es sumamente frecuente hablar de infidelidad (propia o ajena, temida o deseada, sufrida o gozada, descubierta o encubierta, en gerundio o en pretérito indefinido,…).
El tema es tan recurrente que ocupa mucho del minutaje que minutamos. También es frecuente que se nos requiera para hablar sobre el asunto fuera del secreto del marco terapéutico; pues la fijación en torno al tema no sólo está presente en el territorio de lo íntimo, sino que invade el territorio de lo público. Tanto es así que muchas instancias de nuestra realidad —política, economía, cultura, información, entretenimiento, etc.— están al albur de un comercio que vive parasitariamente de este tema. Así, la infidelidad es ya: reclamo, escándalo, obsesión, sospecha, fiscalización, intrusión, escarnio, añagaza y chantaje. De todo ello, resultan muchas derivadas que no van a ser aquí abordadas, pero que sin duda envenenan y dañan nuestra vida pública e íntima.
Intrigante mezcolanza
Resulta intrigante —especialmente para quienes estamos deontológicamente obligados al rigor— que usemos el término infidelidad en referencia exclusiva al «encuentro erótico extradiádico». Con ello, diciendo que hablamos de infidelidad hablamos de adulterio (que ya no requiere siquiera de matrimonio) y diciendo que hablamos de fidelidad, hablamos de castidad. O dicho de otro modo, aunque usemos expresiones laicas —incluso investidas de un marchamo profesional— acabamos haciendo teología moral. Y lo que podría abordarse con lógica, ciencia y razón, acaba tratándose con escándalo, emocionalidad y tradición.
Como a continuación señalamos, hablamos de fe; pues, efectivamente, se trata de«creer». Pero creyendo que nos creemos lo que creemos que creemos, nos hacemos muchas trampas mezclando creencias, credulidades y credibilidades.
Creencia
El término «Fidelitas» proviene de «Fides» (que quiere decir «fe»), así que su semántica nos trae un inconfundible aroma religioso que nos recuerda que hablamos de una diosa. Este hilo etimológico también nos señala que su significado está relacionado con «creer», «confiar» y «cumplir la promesa»; pero sobre todo, con seguir a Dios, entregarse a él y seguir sus preceptos; por eso, fieles son los creyentes practicantes. Aunque suela omitirse, permanece incólume la religiosidad subyacente de una creencia fuertemente arraigada. Así, aunque utilicemos el término para usos muy mundanos —incluso, casquivanos— éste en absoluto ha perdido aquella divina prescriptividad. Todo lo cual contribuye a que cualquier reflexión crítica sobre el tema sea ocasión para la adusta y severa condena de quien no duda en rasgarse las vestiduras.
Ahora sí, no se trata ahora de «vestirse las rasgaduras» reactivamente, sino de reflexionar sobre «gobernanza intradiádiaca» desde una perspectiva razonablemente laica y razonada.
Credibilidad
En aquella Antigüedad precristiana, la Fides era asunto central de la dignidad del ciudadano romano y daba cuenta de su credibilidad (por lo tanto: su prestigio, su honor, su estatus,…). Este hilo —que es civil y no religioso— nos conecta de nuevo con: creer, hacerse creer y ser creíble; luego, menciona al asunto de: «dar crédito» y «tener crédito» (que son, ya, términos secuestrados por el mundo financiero). Así, podría afirmarse que la fidelidad habla de «creer» y de «hacerse creíble»: de tener credibilidad y pretender no perderla.
Todo ello nos permite relacionar la fidelidad con: la palabra dada, el pacto, el trato, la promesa o el compromiso. Así, profundizando en esa dirección, la fidelidad es valor que sí tiene sentido pleno en el marco de la relación amorosa y su gestión. Ahora sí, se presume la universalidad prescriptiva de un pacto que es, por su propia naturaleza, íntimo, privado, volitivo y diverso; y que, en ningún caso habría de ser resultado estandarizado de la regulación externa.
Mucho menos, razón para el escarnio, la infamia o la exclusión social. Por otro lado, aunque la fidelidad se sostiene en el vínculo con el otro; también guarda relación con la coherencia con uno mismo, especialmente en relación al propio marco de valores. Pero, igualmente que en el caso anterior, este pacto de integridad con uno mismo tampoco acepta la fiscalización externa. Mucho menos, la represión o la reprensión.
Credulidad
Aunque la credulidad —cercana a la Desnudez, la inocencia y la ingenuidad; pero fuertemente connotada como estupidez o estulticia— resulte valor de difícil venta, se nos ofrece como una fórmula diligente e inteligente para la buena gestión amorosa. No se trata tanto de hacerse creer por el otro cuanto de saber creer al otro; o sea, confiar (que, como su propio nombre indica, se hace «con fe»). Así pues, esto nos ofrece un hilo reflexivo muy poco explorado: se trata de incrementar las propias capacidades de creer en el otro y de creerle al otro. Por ello, no se trata de medir la credibilidad del otro, cuanto de indagar en las posibilidades de la propia credulidad (si se prefiere: capacidad de creer y confiar).
Conviene recordar que la desconfianza siempre se confirma a si misma, haciendo cierto el antiguo adagio: «piensa mal y acertarás». Efectivamente, el pensamiento desconfiado propicia el clásico bucle de la profecía que se autocumple, precisamente, por razón de su propio vaticinio. Respecto de esta materia, y aunque resulte grosero, suelo afirmar: «busca mierda y encontrarás mierda».
Este hilo nos permite reflexionar sobre la contradicción de pretender (proponer, ensalzar, etc.) fidelidad a través de la incredulidad, la desconfianza, la sospecha, la vigilancia, la fiscalización, el descrédito, la infamia, la mentira, el truco o la trampa,… Por cierto, no se me ocurre nada más infiel que la fiscalización tramposa, invasiva y paranoide del celoso que no sabe gestionar sus volcánicas y emponzoñadas entrañas.
Leal fidelidad y fiel lealtad
Aunque puedan encontrarse sutiles diferencias, la fidelidad no queda lejos de la lealtad, que originalmente hablaba de la entrega y el compromiso del vasallo en relación al señor (ahora: jefe, líder, partido,…); por eso, en las películas de batallas feudales es común que el señor -o el caballero- enardezca a sus tropas al grito: «¡adelante, mis leales!». En uno y otro caso —fiel y leal— subyace la idea de no cambiar (de chaqueta, de acera o de bando); o sea: no engañar, no traicionar; luego, mantenerse firme en el compromiso, pese a las cambiantes e imprevisibles contingencias del devenir.
Así, el fiel —o leal— pretende «no fallar» (a algo o a alguien, que puede ser otro o uno mismo).
Conyugación y subyugación
Conviene no perder esta perspectiva de la subyugación que se ha incorporado indefectiblemente a la conyugación. Como ya se ha dicho, se trataba, fundamentalmente, de no fallar a Dios, al Señor, a la familia, a la patria, a la tribu, a la facción,… Y en este caso, muy especialmente, al padre y al marido. Así pues, el asunto contiene una relación de jerarquía que no debe de omitirse, pues subraya que hemos de ser fieles (o leales) para quien «nos posee» o para con aquellos a quienes «nos debemos». [En terminología romana clásica el paterfamilias «posee» a sus hijos, a su esposa y a sus esclavos; y los clientes «se deben» al patrón. Así pues, frente a los dioses han de ser fieles los creyentes y frente al Pater han de ser fieles: esposa, hijos, esclavos y clientes]. Todo lo cual nos permite reflexionar sobre cómo, por qué y para qué una cultura que se pretende antipatriarcal, gestiona este tema de manera tan patriarcalizada.
Inexorablemente, se ejerce poder y control con la exigencia de fidelidad (no así con la oferta de fidelidad). Tanto es así, que el fiel puede llegar a serlo —sólo y exclusivamente— por temor, por su condición subordinada o por su dependencia. Incluso, a fuer de ser fiel, uno puede acabar siendo «pertenencia esclavizada». Tal nos ocurre con la laureada fidelidad de los perros para con sus dueños: que sólo señala sumisión, pertenencia y jerarquía. Desde luego, nada habla de cumplimiento de pacto o promesa alguna.
Otros usos del término
Hay otros usos muy interesantes del término fidelidad que hacen relación con: puntualidad, exactitud, precisión, veracidad, corrección,… Así, decimos: «la película fue fiel a la novela», «la foto refleja fielmente su belleza», «hizo un relato fiel de los hechos», «tengo un aparato de alta fidelidad»,… Desde este punto de vista, resulta llamativo cuán poco fieles (precisos, veraces, exactos,…) podemos llegar a ser cuando hablamos de fidelidad. Pero no se trata sólo del término, sino de su misma significación. Así, demasiadas veces, trocamos lo que podría ser «dádiva centrífuga» en «exigencia centrípeta», lo que podría ser «entrega» en «colonización», el deseo en derecho, el contrato en conscripción, lo íntimo en público, lo particular en universal,… Desde luego, precisamente porque el asunto es importante, a todos no convendría mayor fidelidad en el uso del término fidelidad.
Fidelizar
Quiero señalar otra acepción, en este caso verbal, de uso frecuente en mercadotecnia: «fidelizar». Este hilo pude dar alguna luz a nuestras reflexiones y a nuestras orientaciones terapéuticas. Se trata, en este caso, de que el cliente consuma los productos de una determinada marca y que no consuma los productos de las marcas competidoras. Así, esta acepción presume la existencia de otros competidores en un marco de libre competencia; con lo cual, no obra en un régimen de monopolio, sino en un régimen de libre mercado con diversidad de ofertas y proveedores de servicios. Profundizando en ese hilo, pueden encontrarse muy buenas claves para la gestión sensata del las contingencias del deseo promiscuo sin merma del compromiso garantista. Se trata, desde las propias habilidades intradiádicas, de usar los poderes del deseo y no las puniciones del derecho. A su vez, de este hilo pueden emerger dos aspectos interesantes:
a) la aceptación positiva de ciertas formas convenidas de la competencia y b) el salto del «control del otro» a la mejora de la «propia oferta».
De original «no fallar» al adulterado «no follar»
En algún momento de la historia —y por obra y gracia del puritanismo— el campo semántico de la fidelidad fue transformándose mediante fatal homofonía.
Así, el original «no fallar al otro» acabó transformándose en «no follar con otro». Y, de este modo, la infidelidad se convirtió —exclusiva y arteramente— en adulterio. Y, correlativamente la fidelidad se trocó – en «exclusividad erótica»; incluso, en «monopolio genital». Ahora sí, convendría caer en la cuenta de que la fidelidad es un valor demasiado grande para que quepa en el poco espacio que queda entre los muslos.
Trampas con las Tablas
La tradición de la prohibición del adulterio es antiquísima y divina. Así, como señalan Éxodo y Deuteronomio, el séptimo precepto que Yaveh escribió «con su propio dedo» en aquellas Tablas que entregó a Moisés era: «no cometerás adulterio»; o sea, no te acostarás con la mujer de otro judío (pues Yaveh se dirigía sólo a los varones de la tribu de Israel).
Mil quinientos años después de aquella aparición divina en el Monte Sinaí, un obispo católico (posteriormente convertido en santo) se puso divino y creativo y renovó aquel Decálogo. Así, lo que había sido séptimo paso a sexto; y lo que había sido adulterio pasó a fornicación (que quiere decir «ir de putas»). Con aquella episteme agustiniana, el Sexto Mandamiento del actual catecismo reza: «no cometerás actos impuros». Y son actos impuros todos los encuentros carnales que incumplan alguna de estas tres condiciones: a) dentro del marco matrimonial sacramentado; b) con propósito genésico; c) con expresa evitación hedónica. Nótese que la —supuestamente, laica— infidelidad de la que tanto hablamos, menciona expresamente la primera condición catequésica; excepto que ya no se requiere del matrimonio, ni de la sacramentación, pues la prescripción sirve para cualquier forma de la pareja.
El valor cristiano subyacente al cumplimiento de estos preceptos se llama castidad y hace relación al ágape convertido en «católica caridad» (que literalmente quiere decir: «amor universal»). Nótese que esta caritas no tiene restricción de exclusividad alguna; al contrario, propone la total promiscuidad amorosa. Sin distingo alguno e incluyendo, incluso, al extraño y al enemigo. A mi juicio, se trata de la mayor y mejor aportación cristiana a la historia de la cultura: el amor universal e indiscriminado.
Universalización de la «exclusividad erótica intradiádica»
Con el correr de los tiempos, el adulterio pasó de ser pecado a ser delito (ya lo fue en Roma; sobre todo, desde Augusto) Ahora sí, nunca se protegió el compromiso o el contrato intradiádico, sino la «propiedad esponsal» del marido; pues la mujer, hasta hace bien poco, era una propiedad que el padre entregaba al marido. Por otro lado, el matrimonio dejó de ser potestativo para ser prescripción —civil y religiosa— que obligaba a quienes pretendiesen tener encuentros eróticos e hijos legítimos. Ahora sí, esta obligación sólo afectaba a los débiles de la carne; el resto, los fuertes y valientes del alma, sedientos de santidad, tenían la alternativa de la abstinencia y la renuncia: eunuquismo y virginidad.
En cualquier caso, la exclusividad erótica se tornó en un mandato obligado, universal y públicamente fiscalizable. Por supuesto no era un acuerdo o un convenio (ni siquiera, una obligación) entre los cónyuges; se trataba de una convención y un precepto de los cónyuges para con la comunidad de la cual formaban parte.
Cinco componentes
La «exclusividad erótica» es una convención estandarizada y una prescripción universal que hoy se constituye de cinco componentes que se solapan y superponen:
1. un dispositivo de control sexual puritano productor de difamación y exclusión (el infiel es severamente castigado y moralmente difamado; incluso excluido y extraditado)
2. un dispositivo moral reductor de la violencia inter-masculina (pues los adulterios han sido causa de asesinato, venganza,… entre hombres, a lo largo y ancho de toda la historia);
3. un dispositivo de control femenino (la fiscalización anti-adulterina se ha ejercido en torno a las mujeres casadas y con este motivo —o esa coartada— se ha ejercido grave violencia contra ellas);
4. una renuncia agápica mutua e intradiádica (me entrego —en exclusividad— desde mi soberanía de poder darme);
5. una promesa intradiádica garantista (renuncio a tentaciones y oportunidades para evitar riesgos en nuestra continuidad relacional).
Los tres primeros son regulaciones ajenas y externas al contrato amoroso (que es necesariamente intransferible e íntimo) mientras que los dos últimos son —o pueden ser— pactos, convenios o promesas que se formulan y se asumen «desde dentro» del pacto amoroso. No veo especial inconveniente a estos dos últimos, si son íntimos, deseados, libres, conscientes e informados. Sin embargo, los tres primeros son excrecencias históricas que convendría enterrar (lo cual contribuirían a subir algún peldaño de civilización).
Infidelidad y compartibilidad erótica
Aunque existe un acuerdo implícito y generalizado en esta dirección (consecuencia ineludible de que se trata de una convención institucionalizada), es absolutamente discutible si el encuentro extramatrimonial —conocido o no, convenido o no— puede ser inequívoca y universalmente considerado como una infidelidad, pues se presume un acuerdo —universal, estandarizado e íntimo— de «monopolio erótico» que no siempre es cierto, pues cada pareja —en el legítimo e íntimo gobierno de sus acuerdos— convenia sus propios códigos de gestión de sus interacciones intradiádicas y extradiádicas. No obstante, y dicho lo anterior, resulta manifiestamente cierto que tal presunción —tácita e implícita— suele ser asumida por multitud de parejas (incluso las no matrimoniadas). Ahora si, con suma frecuencia este acuerdo no tiene explicitación alguna; de suerte que, puede producirse la paradoja del incumplimiento de promesas que nunca fueron hechas.
Transformaciones históricas
Desde el siglo XVIII, y gracias a la erotización, parejización y privatización del matrimonio, los amantes resuelven íntimamente los modos de su gestión amorosa; de suerte que, crecientemente, el matrimonio se formula como un contrato particular y privado que no está sometido a fiscalización externa. No obstante, especialmente en relación a esta materia, esta afirmación anterior es absolutamente mendaz y retórica. Convendría hacerla cierta.
Desde el último tercio del s XX, la pareja crecientemente se matrimonializa, con lo cual, muchas relaciones amorosas (incipientes, no convivenciales, reconstituidas, sin vínculo formal alguno, homosexuales, etc.) se regulan, respecto a esta materia, con estrictas y ancestrales reglas matrimoniales. Es bastante estúpido, pero es cierto.
A su vez, en este mismo periodo, se produce un fenómeno en creciente expansión: muchas parejas (incluso matrimonios formalizados) pactan los modos de su «compartibilidad erótica» mediante fórmulas que no incluyen la exclusividad o el monopolio; así, expresa y explícitamente, reconvienen sus interacciones amorosas mediante fórmulas que suelen denominar liberales o abiertas. La vanguardia de este proceso de reformulación de la «exclusividad erótica» la constituye el movimiento swinger. Aunque este movimiento no se caracteriza por su producción teórica, ofrece un hilo sugerente: la compartibilidad erótica. Se trata de compartirnos entre nosotros y de seguir compartiéndonos en relación a otros (que no somos nosotros pero son de los nuestros). Así, estos otros no son amenaza, sino oportunidad. Pero, sobre todo, ocasión para seguir compartiéndonos, compartiéndolos.
Cinco reglas
Las parejas juegan a este juego de la «exclusividad erótica» siguiendo cinco reglas elementales que resultan ser universales.
Estas son:
Regla 0. Constituida la pareja (con unos u otros grados de formalidad) se instituye un monopolio de prestación de servicios eróticos con un único y exclusivo servidor: el otro.
Regla 1. «Condúcete cumpliendo la regla cero y confía en el cumplimiento ajeno».
Regla 2. (Sólo en caso de error u omisión en la regla uno). «Actúa como sí estuvieses cumpliendo la regla uno y como si el otro también lo estuviese haciendo».
Regla 3. (Sólo en caso de error u omisión en la regla dos). «Niégalo todo y niégate todo».
Regla 4. (Sólo si se produce error u omisión en la regla tres). «Intenta salvar lo que pueda salvarse».
Si, en el cumplimiento de la regla cuatro, no hay destrezas salvíficas, no hay salvación posible o no hay nada que salvar, se activa —con más o menos publicidad del infame secreto— la ruptura. Sin embargo, muchas relaciones sobreviven (incluso crecen y se enriquecen) con motivo de la regla cuatro. No obstante, es frecuente que, de aquellas heridas, queden cicatrices.
Secreto y ocurrencia
Los encuentros amorosos extradiádicos son mucho más frecuentes de lo que pueda calcularse. Según cómo se definan (puede —o no— incluirse: masturbación, consumo de pornografía, prostitución, ciber-encuentros, ciertas formas de seducción o galanteo, liberalidades expresivas, comunión de secretos e intimidades, contactos corporales no intergenitales, etc.) podrían llegar a afectar a la casi totalidad de las parejas. Ahora sí, puesto que tales hechos ocurren con la máxima discreción o secreto, se trata de información que no está al alcance de la investigación formal (incluso puede no emerger siquiera en el escenario privilegiado de la consulta). Por otro lado, es muy común que se produzca grave discrepancia entre el discurso público y la experiencia íntima; incluso, hasta alcanzarse niveles de hipocresía psicotizante.
Así mismo, y por razón de las reglas dos y tres, se produce un manifiesto sesgo de negación y ocultación, que subraya fehacientemente que en ningún caso ocurre aquello que sí está ocurriendo. El conocimiento de todo lo anterior debería servirnos para reflexionar sobre por qué buscamos lo que no queremos encontrar; incluso por qué prevalece el principio de realidad sobre otros principios mucho más reconfortantes y funcionales desde el punto de vista de la continuidad relacional. En este sentido, —y sé que puede parecer cínica esta afirmación—, el juego de pareja resulta mucho más viable si se juega —sólo y exclusivamente— con las cartas que están sobre las mesa y si no se buscan cartas debajo de ésta. Esto es así, incluso en las parejas que pactan contratos eróticos abiertos.
Dolor
En muchas ocasiones, sobre todo si son efímeros y desconocidos, los encuentros eróticos extradiádicos son del todo irrelevantes e inocuos para el engañado y pueden ser muy nutritivos y estimulantes para el engañador. De hecho, la infidelidad no produce «dolor propio» alguno (en su caso, culpa), pero sí puede —y suele— producir intenso «dolor ajeno». Ahora si, conviene señalar que sólo produce daño la infidelidad «sabida» y la infidelidad «temida». Por lo que, debería evitarse todo aquello que propicie gratuitamente tal dolor; especialmente: confesiones, desvelamientos, denuncias, investigaciones, anónimos, sincericidios, …
Transformaciones actuales
Los cambios en costumbres (nótese que la mayor parte de las infidelidades ocurren en torno al trabajo, donde hombres y mujeres comparten la mayor parte de su tiempo y sus interacciones), las transformaciones morales y las novedades tecnológicas han producido cambios en la definición y la gestión de la exclusividad erótica. Así, usos que otrora fueron infidelidad (roces, cercanías, acompañamientos, confidencias,…) pueden no vivirse como tales (o sí). Así mismo, emergen nuevas formas eróticas y hedónicas que son virtuales y en las cuales no hay contacto epidérmico alguno. Igualmente, las nuevas tecnologías permiten conocer y descubrir las acciones y omisiones del otro, como nunca antes había ocurrido en la historia. Todo ello está produciendo un fenómeno ambivalente: de un lado, se relaja la fiscalización ajena; de otro lado, aún se incrementa más.
Valor convertido en coartada
A lo largo de la historia ha sido muy común la implementación moral de una artimaña característicamente maniquea, puritana y sexomísica que se mantiene con una salud encomiable: el combate de una lacra sexual en aras al logro de un excelso valor. Se trata de una antiquísima simplificación mazdeísta que presupone estúpidamente que se alcanza lo bueno mediante el combate de lo malo. Así, se propende hacia lo positivo (salud, higiene, castidad, fidelidad, bienestar, libertad,…) luchando contra lo negativo (infección, suciedad, infidelidad, enfermedad, violencia,…). Por supuesto, subyace una cultura belicista que cree que «restando se suma». Y se trata de restar al enemigo.
Además, sigue ocurriendo —lo cual tampoco es casual— que lo negativo siempre resulta ser de naturaleza sexual (otrora: carnal, concupiscente,…); pues, por supina ignorancia, lo sexual sigue siendo amenaza y peligro. Con ello se producen dos consecuencias perversas: a) nada se hace para promover un valor que, a su vez, se estima valioso (excepto tomarlo como coartada para el combate); b) el valor —una vez convertido en coartada— pierde toda su valía intrínseca, hasta carecer de todo valor. Pues substitutivamente emerge un «valor negativo» (lo cual es, de sí, un oximoron) que se formula como «combate contra la lacra». Ahora sí, los valores —si quieren serlo— no combaten, sino que propician y proponen.
Una vez que el valor carece de valor, lo que tendría que estar sirviendo a la fe, la seguridad, la confianza y la continuidad, se torna en mecanismo promotor de inseguridad, fiscalización, desconfianza, descrédito, crisis y ruptura.
*· Sexólogo. jotaerrelanda@gmail.com
Codirector del Centro de Atención a la Pareja Biko Arloak, codirector del Instituto de Sexología Sustantiva ISESUS y codirector del Máster en Sexología Sustantiva de la Universidad Europea Miguel de Cervantes.
