Serie de artículos para el reconocimiento a la obra de Efigenio Amezúa recopilados por la AEPS.

Después de la Tormenta*

Son tiempos convulsos para la Sexología, querido maestro… La policía dela moral acecha, y ya da lo mismo que nos venga por la derecha que por la izquierda… El discurso imperante de lo que es el sexo nos reduce y constriñe cada vez más y a veces la desesperanza hace que resulte difícil ver la luz al final del túnel… Aunque sabemos que está ahí y que algún día nos alumbrará diáfana… Pero qué difícil y agotador es el día a día…

Y sin embargo, tú nos dices que dejemos de ser tan apocalípticos… Lo dijiste en el pasado Curso de Verano de Sexología de Avilés, el 27 de julio de 2023, después de que Marcos Sanz titulase su ponencia «Salvemos el Sexo». Y que quieres que te diga, a mí me diste fuerza, energías renovadas para salir de tanto desánimo. Tanto es así que le cambié el título a esta carta, que ya te estaba escribiendo desde mi tormenta particular, para retomarla pensando en el después. Porque siguiendo aquella metáfora del péndulo de Foucault que nos contabas en clase, acabaremos llegando al extremo de esta moral social que nos ocupa ahora y pronto empezaremos a rebotar hacia el otro lado…

Es cierto que las cosas parecían más sencillas cuando nuestros caminos se cruzaron. Yo justo me acababa de encontrar con las teorías de género (lo que son las cosas) y me habían abierto los ojos a entender algunas cuestiones de mi biografía. Pero no me lo explicaban todo, y yo siempre había sido curiosa con todo lo que tuviese que ver de alguna forma con la raíz sex…

Y en aquel curso sobre Identidades Sexuales y Orientaciones del Deseo (cuyo título yo había propuesto, acertadamente de casualidad), el doctor Efigenio Amezúa llega a mi vida… Fue en Gijón, en una formación que ofrecía el Consejo de la Juventud, en la que me enseñaste dos cosas: Una, que las preguntas cuya respuesta yo buscaba en el género, se planteaban mejor si hablábamos del proceso biográfico de sexuación; y dos, que la educación sexual, que tanto me interesaba, era una línea de trabajo de la Sexología, profesión que tenía un marco teórico mucho más amplio de lo que yo hubiera imaginado.

Era octubre de 1996. En febrero de 1997, comencé mis estudios de Sexología en el INCISEX. Instituto de Ciencias Sexológicas, llamado así en homenaje al que hubiera puesto en marcha Magnus Hirschfeld en París, del cual llegó a tener membrete en su correspondencia, según nos explicabas en tus clases. Y todo lo que hubiera avanzado esta sexología nuestra, si la vida no se le hubiese acabado tan pronto…

Recuerdo aquel primer día, como llegué a Madrid en tren, sin conocer a quienes me acompañarían en ese viaje. Y en metro a Prosperidad, buscando en la calle Vinaroz la sede de mis clases. Cómo me confundí con los bajos de unos edificios que me daban la imagen de albergar una formación de postgrado de la Universidad de Alcalá de Henares, como la que yo iba a comenzar. Pero allí no era y la gente a la que pregunté no me sabía dar razón. Y por fin, aquella humilde puerta verde, con la placa dorada en la que discretamente se podía leer In.Ci.Sex.

Traspasar aquella puerta verde y encontrar, primero la calidez de la secretaria, que en aquel momento era María Jesús. Que me llamó por mi nombre, que sabía de mí, sin conocerla yo de nada. La foto de Masters y Johnson, observándome desde lo alto, el cartel de un congreso de la AEPS del año anterior, las escaleras que subían a la biblioteca… Y a mi izquierda, el aula.

Compañeras y compañeros que iban llegando y el doctor Amezúa sentado en su silla, al lado de la mesa y no tras ella. Y luego la calidad. Ya que en ese aula me encontré por fin con la expectativa que yo tenía de lo que debía ser la universidad y que mis estudios universitarios previos siempre me habían frustrado. Poder darle vueltas al conocimiento, reflexionando, debatiendo, aportando… Aprendiendo tanto…

Dejando al otro lado de esa puerta verde las ideas preconcebidas sobre el sexo, la sexualidad, la erótica, sobre las cosas que pasan entre amantes, que pronto aprendí a denominar amatoria. Cuando acababa el fin de semana, esas cuestiones que había dejado en la puerta, seguían allí esperando, pero ya no me servían… Y así aprendí lo que era la moral social y el desbarajuste que nos causaba en dicha sociedad el discurso normativo del sexo. Sí que decidí apropiarme de la calidez y la calidad que había recibido ese fin de semana, para tenerlas siempre a mano en los caminos de la sexología…

Al final fueron 3 años como alumna de Efigenio Amezúa, al cabo de los cuales atesoraba algunas certezas, pero muchas más preguntas de las que tenía cuando había entrado. Porque en el Incisex no se respondía a las preguntas, pero aprendías a formular preguntas nuevas. Porque decía Havelock Ellis que «plantear una pregunta correctamente ya es haber comenzado a responderla».

Porque se trataba de encontrar por una misma las respuestas. Entre mi tesoro de certezas, la primera de tus frases que recuerdo: «Vamos a ver de qué hablamos cuando hablamos, y a lo mejor, nos entendemos». La importancia de utilizar el leguaje adecuado, de saber el significado y la procedencia de lo que decimos, de cómo y porqué usamos determinados términos. Y al hilo de esto, una certeza irrenunciable fue conocer la trampa de la afectivo-excusa, ese eufemismo (afectivo-sexual) acuñado en el tardofranquismo, tan españolito y tan nuestro, que nos dejaba desprovisto de significado lo sexual y que por desconocimiento nos ha seguido acompañando hasta nuestros días.

La siguiente certeza, fue una metáfora totalmente clarificadora. Nos decías en clase que «pensar que cualquiera puede hacer Educación Sexual, porque todos tenemos sexualidad, es como pensar que cualquiera puede ser cardiólogo, porque todos tenemos corazón». Y esto, por supuesto, es aplicable a todo el contínuo de la intervención sexológica, llámese educación, asesoramiento, terapia, investigación, y cualquiera de las líneas de trabajo de la que ya entendíamos como nuestra ciencia sustantiva. Sustantiva, porque la Sexología es una disciplina específica y no el adjetivo de ninguna otra.

Por ello aprendí a nombrarme sexóloga, sin necesidad de aludir a otras formaciones que yo pudiera haber cursado, costumbre que vemos de forma recurrente en tantos profesionales y que parece que necesitan apoyarse en otra disciplina para abordar la sexología, cuando esto es totalmente innecesario. Y la importancia de hacer explícita nuestra profesión, cuando nos convocasen por ella.

Certeza fue también aprender a ubicar cuál es la actitud con la que nos acercamos al hecho sexual humano. En clase nos hablabas de las actitudes normativas, combativas y comprensivas, nos ponías ejemplos y nos llevabas a entender cuál era la nuestra. Fue fácil descartar la normativa, no estamos en la idea de hablar de pecado, de peligro, tampoco de lo patológico o lo que se prescribe como saludable. Las normas no son el conocimiento sexológico… Pero más difícil resultó aprender que tampoco lo era la combativa, fuera esta de ataque o de defensa. Que nuestro propósito no era producir cambios. Que, como tú nos decías, «lo que se invierte en militancias, se pierde en reflexión». Que nuestra actitud debía ser la de la ciencia, la de mirar por los microscopios y ver lo que hay, la de «observar la realidad para comprenderla y hacerla comprensible». O sea, la comprensiva. La de la empatía y el cultivo del sexo como una idea, como un valor.

Contigo fuimos desgranado la historia, aprendiendo a valorar la época de nuestras abuelas… «Hace solo 30 años, se cumplían otros 30 de los años 30», nos decías en los 90… Para hablar de cómo las guerras enmudecieron la creciente y próspera sexología de Europa en general, de nuestro país en particular. Una errata en tu fecha de nacimiento, de una de las publicaciones que leíamos en clase, te situaba contemporáneo de Hildegart y hubo quien fantaseaba con la idea de un romance entre ambos, habiendo hecho después un pacto con el diablo, porque nadie conocía realmente tu edad… Una gran certeza, saberte heredero del legado histórico de nuestra sexología europea, de quienes la pusieron en marcha y la nutrieron y saberme a mi vez, humildemente, un poquito heredera también de ese legado.

Y alguna certeza más, cuando nos enseñaste a acercarnos a Masters y Johnson, sin los filtros psicologicistas que les pusieron después y que tanto desvirtúan sus verdaderas aportaciones… Cuando analizamos las técnicas, tácticas, estrategias, cuando aprendimos a construir nuestra caja de herramientas, cuando entendimos que para abordar las dificultades sexuales en una pareja, el objeto de la intervención era la relación y no cada persona por separado.

Recuerdo haber llevado escrito el poema «Táctica y Estrategia», de Mario Benedetti, para colgarlo en la pared del aula, en la esquina donde yo me sentaba, entre tantos otros recuerdos del alumnado que iba pasando por allí. Y la emoción que sentí cuando años después, entré de nuevo en el aula, esta vez en calidad de profesora y comprobé que allí seguía, a pesar de los años y de las pequeñas remodelaciones que habrán ido surgiendo.

La imprescindible toma de conciencia cuando nos hablabas de lo que diste en llamar «terrorismo» psicológico, supuestamente bromeando, pero a mí a estas alturas, me parece poca broma. Te referías a esa práctica habitual en infinidad de psicoterapeutas, a quienes acudes con un problema y te vas con el problema sin resolver, pero con otros diez problemas más que te han descubierto y que no sabías que tenías… Y tu franqueza en hablar del vacío de las primeras consultas, cuando tienes delante a las personas que acuden a ti en busca de soluciones a problemas que no siempre íbamos a poder resolver. Aprendiendo la humildad de saber derivar, ya que no todas las demandas recibidas serían de nuestra competencia. Tejer una red de profesionales de referencia con quienes contar para esos momentos.

Aquellas mañanas de domingo, desmenuzando la terminología, colocando cada concepto en su sitio: Aquello son conceptos de la psiquiatría, aquellos otros de la psicología, los de más allá de la medicina… Buscando, encontrando, acuñando nuestros propios términos y conceptos sexológicos. Conjugando el verbo «sexuar» para formularnos nuevas preguntas. Y todo ello con el sueño y el agotamiento de haber aprovechado la noche del sábado para perdernos por los bares de Madrid, o para alargar las clases hasta después de las copas, cambiando el aula del Incisex, por las mesas del Intermezzo, el añorado restaurante de Prosperidad, con el imprescindible maese Juan, jefe de camareros que entre risas decía admirar al maestro por enseñarnos a «hacer del vicio una profesión».

Y nuestro escepticismo, cuando nos alertabas ante lo que se nos venía de América, donde el género estaba empezando a sustituir al sexo, perdiéndose así la episteme sexológica en gran parte de los escritos y publicaciones científicas, en las que ya solo se hablaría de género o de salud sexual… Y yo, que había asistido a mi doctorado de Estudios de la Mujer, donde algunas doctoras también estaban preocupadas por si acaso los estudios llamados «de género» podrían acabar sustituyendo a los Estudios de las Mujeres, no terminaba de entenderlo, ni de creerlo…

Pasaron los años, y las preguntas, se han ido haciendo infinitas. Pero he ido encontrando algunas respuestas. El mejor sitio para ello es frecuentar foros para seguir aprendiendo, reflexionando, debatiendo. Compartiendo saberes sexológicos con otros y otras profesionales de la Sexología. Propiciando incluso la creación de esos espacios. Aceptando agradecida y emocionada tu invitación a retornar al Incisex, esta vez como profesora, junto a Iván Rotella, mi compañero de la Sexología, del amor y de la vida. Adivinando en el alumnado las mismas «dudas, sospechas y suspicacias» (parafraseando al queridísimo Marcos Sanz) que tuvimos entonces mi grupo y yo misma. Anhelando estar a la altura de tu confianza.

Estamos en el siglo XXI y aquellos planteamientos anti sexo, que nos contabas en clase que habían sucedido en América en los años 70 del siglo XX, se nos han venido encima. Se ve que no tuvimos esos debates en este país, en ese momento. Estaríamos ocupados con nuestras cosas de la transición y con » la ola de erotismo que nos invade», como se decía entonces. La moral de la bata negra y la moral de la bata blanca, han pasado el testigo a otras morales que se disfrazan de leyes, de activismos de diversa índole, (por la derecha y también por la izquierda) y de supuestas prácticas terapéuticas.

Y tú, que ya veías venir todo esto, por la inercia de ese péndulo que no cesa, de ir de las prohibiciones a la permisividad, de las ideas progresistas a las morales represivas, de lo blanco a lo negro, pasando por la escala de grises… Nos dices ahora que dejemos de ser tan apocalípticos… Y yo quiero hacerte caso, tal vez ahora no lo entiendo, pero se que me aplicaré, le daré vueltas, lo hablaré con nuestra gente y finalmente, lo entenderé. Y el péndulo dibujará elipses de colores por encima del negro, del blanco y de los grises… Porque saldrá la luz después de la tormenta…

Un día en la clase del Incisex, en una de las múltiples puestas en común, me atreví a decir que al traspasar aquella puerta verde, sentí que había encontrado mi lugar en el mundo. Que estaba donde tenía que estar, que allí era. Lo sigo afirmando.

Gracias, queridísimo Efigenio. Por no responder a las preguntas. Por ayudarme a encontrar mis certezas. Por hacerme dudar de ellas. Por la calidad, por la calidez, por la Sexología. Por el legado de quienes nos precedieron.

Y por tanto cariño. Que es recíproco. Siempre.

*Ana Fernández Alonso. Sexóloga.