En estos días, el Ministerio de Sanidad ha publicado su hoja de ruta para el periodo 2026-2030 con el objetivo de frenar el aumento de las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). Es una iniciativa que parte de una preocupación legítima y compartida ante el incremento de casos, y conviene reconocer el valor de que las instituciones pongan el foco aquí. Al mismo tiempo, creemos que la respuesta puede ir más allá de atender la urgencia, porque el reto que tenemos delante nace de algo más de fondo: nos cuesta entender el sexo como algo valioso, y no solo como un terreno de riesgos. Es justo eso lo que recoge la mirada del Hecho Sexual Humano.
Si acompañáramos esa estrategia con una educación sexual de calidad, una que ayude a cada sujeto a entender cómo va viviendo y construyendo su sexualidad a lo largo de la vida, se abriría la puerta a aprender nuevas formas de encontrarnos, de vernos y de relacionarnos. Vista así, seguramente muchos de los problemas con los que convivimos serían distintos. Educar en sexualidad es mucho más que dar datos sobre contagios, repartir preservativos o atender lo urgente en la consulta.
Por eso, junto a las medidas de seguimiento, autodiagnóstico y financiación que propone la hoja de ruta, sería valioso impulsar una educación sexual que ayude a conocer y a vivir el sexo como algo que suma. Cuando se cultiva esa mirada, suelen aparecer actitudes nuevas, que dan a los sujetos recursos para llevarse mejor y para vivirse de formas más gozosas y menos problemáticas. Así generaríamos más experiencias que merecen la pena compartir y menos situaciones que haya que tratar.
Como bien señala el propio documento de Sanidad, está cambiando la manera en que la gente se relaciona y se busca. Y es algo esperable: si asumimos que vamos viviendo nuestra sexualidad de forma continua a lo largo de la vida, es lógico que surjan escenarios nuevos.
Por eso nos parece importante defender una educación sexual que no se quede en apagar fuegos, sino que se sostenga como algo serio, con conocimiento propio, capaz de crear un terreno donde broten actitudes cultivables. No se trata de prohibir ni de borrar ideas, sino justo al revés: de ofrecer otras nuevas que abran posibilidades de encuentro. En la medida en que demos acceso a una educación sexual real, que ve el sexo como un valor, que ayude a los sujetos a entender cómo desean, cómo disfrutan y cómo se vinculan, estaremos construyendo una convivencia basada en el bienestar, y no solo en estar pendientes de los problemas.
Además, cualquier estrategia de prevención dará mejores frutos si la acompaña una educación sexual de calidad, que ofrezca un marco desde el que entender lo que vivimos. La prevención cobra todo su sentido cuando es algo más que esquivar riesgos o evitar disgustos. Los sujetos no vivimos nuestra sexualidad como una lista de peligros que hay que sortear, sino como una parte importante de quiénes somos, de cómo nos vinculamos y de cómo habitamos el mundo. Una buena educación sexual ayuda a cuidarse a uno mismo y, a la vez, a cuidar de los demás. Lo que pasa en un encuentro nunca es asunto de uno solo: lo que decidimos afecta también al otro sujeto. Entender esto hace que cuidarse deje de sentirse como una imposición de fuera y pase a vivirse como una responsabilidad compartida. Desde ahí, cuidarse y cuidar al otro no son cosas separadas, sino dos caras de lo mismo. Cuando la prevención forma parte de una manera de vivir la sexualidad basada en el conocimiento, el respeto y el cuidado mutuo, se convierte en una herramienta que de verdad genera bienestar y relaciones más satisfactorias y sanas.
Es comprensible que la estrategia de Sanidad para 2026-2030 ponga el acento en lo clínico y lo biológico, y desde ahí hace una aportación necesaria. Si a esa mirada le sumamos la sexualidad entendida como algo que se vive a lo largo de toda la vida, las soluciones ganan en hondura y duran más en el tiempo. Hoy más que nunca merece la pena cultivar una actitud capaz de convertir esas respuestas puntuales en encuentros más habitables y agradables, algo que solo una educación sexual de verdad puede lograr.
Por todo esto, la AEPS (Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología) subraya la conveniencia de incorporar a profesionales de la sexología en el diseño de las políticas públicas de salud, completando la gestión clínica de las ITS con una mirada más amplia. También recomienda integrar la figura del sexólogo en los espacios de planificación educativa y atención comunitaria.
Junta Directiva AEPS

