Cuando una mujer que ejerce la prostitución es madre, el juicio suele llegar
antes que la pregunta. ¿Desde qué mirada estamos observando esas
maternidades? Quizá el problema no esté en ellas, sino en nuestras actitudes.
Hay maternidades que parecen no incomodar a nadie. Se celebran en redes
sociales, se fotografían en tonos pastel y se acompañan de frases inspiradoras
sobre el amor incondicional. Otras, sin embargo, generan sospecha, inquietud
o directamente rechazo. No porque haya datos que demuestren que sean
peores, sino porque encajan mal en el imaginario colectivo de lo que “debe ser”
una madre. Las maternidades de mujeres que ejercen la prostitución
pertenecen, casi siempre, a este segundo grupo.
Aunque la realidad sea compleja, el debate público sobre prostitución tiende a
presentarse como un duelo entre dos posiciones enfrentadas. El esquema
binario resulta cómodo, pero empobrece la conversación. Y mientras
discutimos en esos términos, rara vez nos detenemos a pensar qué ocurre
cuando estas mujeres son madres. O, mejor dicho, qué ocurre en nuestra
mirada cuando lo son. Porque no solo hablamos de hechos, hablamos de
actitudes.
El modelo de las actitudes, formulado por Efigenio Amezúa y Nadette Foucart,
distingue tres formas habituales de aproximarnos a las realidades sexuadas:
las actitudes normativas, las combativas y la actitud de comprensión. No es un
esquema moral, sino una herramienta para preguntarnos desde dónde estamos
pensando.
En nuestras sociedades occidentales, la maternidad sigue estando rodeada de
un halo particular. Aunque insistamos en que hemos superado viejos
esencialismos, continúa operando la idea de que existe algo así como una
forma “natural” de ser madre. Una maternidad intuitiva, generosa, abnegada,
incondicional.
El llamado amor maternal suele presentarse como universal y automático.
“Cuando seas madre lo entenderás”, se dice. Como si la experiencia viniera
programada. Como si no cupieran la duda, la ambivalencia, el cansancio o
incluso el conflicto. Esta es una forma de actitud normativa en su versión
permisiva: se permite la maternidad, sí, pero bajo un modelo muy concreto. Se
la acepta siempre que encaje en el ideal.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando una mujer que ejerce la prostitución es
madre? ¿Encaja esa imagen en el ideal construido? Habitualmente, no. Es aquí
donde la permisividad se transforma en prohibición. Aparece la figura de la
“mala madre”. No siempre se dice así, pero se sugiere. Se cuestionan sus
decisiones reproductivas, sus horarios, sus prioridades. Se examina con lupa si
amamanta o no, si continúa trabajando durante el embarazo, si ha dejado a sus
hijos en el país de origen al cuidado de familiares, si acude a todas las citas
médicas.
Lo que en otras mujeres podría leerse como dificultad o circunstancia, aquí se
convierte en prueba. Prueba de irresponsabilidad, de egoísmo o de
incapacidad. Como si ejercer la prostitución desautorizara automáticamente la
maternidad. No solo las posiciones conservadoras generan este tipo de juicios.
También ciertas posiciones que se presentan como emancipadoras pueden
acabar deslegitimando estas maternidades.
En su vertiente defensiva, algunas miradas reivindican lo “natural” de la
maternidad, su carácter especial y casi sagrado. Desde ahí, resulta
incomprensible -e incluso intolerable- que una mujer continúe ejerciendo la
prostitución estando embarazada o criando. Se interpreta como
incompatibilidad moral.
En el polo opuesto, otras posturas critican la maternidad como institución
opresiva para las mujeres. Señalan, quizá con razón, la desigual distribución de
cuidados, la carga mental y la renuncia que históricamente ha supuesto. Sin
embargo, cuando se traslada esta crítica a mujeres en contextos de
prostitución, puede derivar en un nuevo juicio: ¿cómo pueden desear ser
madres en medio de la exclusión?, ¿no sería más responsable renunciar a
ello? En ambos casos, la lógica es similar: se juzga desde fuera. Se establecen
criterios de legitimidad sobre qué maternidades son aceptables y cuáles no. Se
jerarquizan los deseos.
Vivimos, además, en lo que podríamos llamar la era de los “hijos deseados”. El
deseo parece haber adquirido categoría de garantía moral. Si el embarazo es
fruto de un deseo explícito, se presupone legitimidad. Pero ¿acaso el deseo es
una realidad homogénea, transparente, estable? ¿No está atravesado por
biografías, contextos y contradicciones? Convertir el deseo en argumento
absoluto puede ser tan normativo como invocar la naturaleza.
Cuando se trabaja con mujeres en contextos de prostitución es frecuente
observar cómo la maternidad se convierte en un espacio de vigilancia
intensificada. Servicios sociales, sistemas sanitarios, entornos educativos…
todas son miradas, en el mejor de los casos, interrogantes y, en el peor,
desconfiadas.
No se trata de negar que existan situaciones de vulnerabilidad, violencia o
precariedad que afecten a estas mujeres y a sus hijos e hijas. Negarlo sería
irresponsable. Pero otra cosa distinta es asumir que la prostitución, por sí
misma, convierta a una mujer en incapaz de maternar.
La sospecha permanente tiene efectos. Genera autocensura, miedo a pedir
ayuda, silencios, produce infantilización. Y, sobre todo, desautoriza a la mujer
como sujeto capaz de tomar decisiones sobre su vida y su maternidad.
Quizá convenga recordar que las maternidades nunca se dan en el vacío.
Todas están atravesadas por condiciones materiales, redes de apoyo -o su
ausencia-, políticas públicas, desigualdades de género, raza y clase. Sin
embargo, no todas son sometidas al mismo escrutinio moral. ¿Por qué unas
maternidades se entienden como “circunstanciadas” y otras como
“problemáticas”?
Frente a las actitudes normativas y combativas, existe una tercera vía: la
actitud de comprensión. Comprender no es justificar. No es romantizar la
prostitución ni ignorar las violencias que pueden existir en ese contexto.
Tampoco es renunciar a la intervención cuando hay situaciones de riesgo.
Comprender significa, simplemente, situar en el centro a la mujer concreta, con
su historia, sus vínculos, sus deseos y sus contradicciones. Significa pasar del
fenómeno al sujeto. Implica sustituir la sentencia por la pregunta.
¿Cómo vive ella su maternidad? ¿Qué significa para ella ese hijo o hija? ¿Qué
redes tiene? ¿Qué obstáculos enfrenta? ¿Qué recursos necesita? ¿Qué
decisiones quiere tomar?
Puede parecer obvio, pero no siempre lo es. En demasiadas ocasiones,
partimos de modelos prefabricados de “buena maternidad” que reparten
carnets de dignidad, legitimando quiénes pueden ser madres y quiénes no.
Las maternidades, también las de mujeres que ejercen la prostitución, merecen
otra mirada, otra actitud. Una actitud más comprensiva implica reconocer que
no existe una única forma legítima de ser madre. Que la maternidad no es un
programa estándar (como no lo es la erótica, la sexualidad o cualquier otro
aspecto relacionado con la condición sexuada), sino una experiencia situada.
Y también implica aceptar la incomodidad. Porque comprender exige
suspender certezas, tolerar ambigüedades y renunciar a respuestas fáciles.
Quizá el problema no esté en que existan debates intensos sobre prostitución y
maternidad. El debate es necesario. El problema surge cuando dejamos de
formular preguntas y nos instalamos en consignas.
Las maternidades de mujeres que ejercen la prostitución nos interpelan porque
tensionan nuestros esquemas morales. Nos obligan a revisar qué entendemos
por cuidado, por responsabilidad, por deseo, por dignidad.
Tal vez deberíamos preguntarnos si estamos realmente preocupados por el
bienestar de los niños y niñas o si, en ocasiones, lo que nos incomoda es que
determinadas mujeres no encajen en la imagen que tenemos de la maternidad.
No se trata de idealizar ni de condenar. Se trata de humanizar.
Las mujeres nunca son solo “prostitutas” ni solo “madres”. Son sujetos
complejos, atravesados por múltiples dimensiones, que toman decisiones en
contextos concretos. Reducirlas a una etiqueta, sea cual sea, empobrece la
mirada.
Quizá convenga recordar que las maternidades no son un campo de batalla
ideológico, sino una experiencia vital. Y que, como toda experiencia humana,
merece algo más que un juicio apresurado.
Tal vez el primer paso no sea responder, sino formular mejor las preguntas.
Inma Martínez Cerrillo
Sexóloga y socia fundadora de Insex, Iniciativa Sexológica y Acción.

