Mikel Resa Ajamil *
Hace pocos días salió a la palestra un artículo zafio y cerril titulado “La educación afectivo-sexual en España, una corrupción en voz alta”.
Como comprenderéis y si habéis tenido acceso a él, no pienso entrar en los pseudoargumentos esgrimidos en dicho artículo porque de lo banales y espurios que son, no me merecen respuesta coherente ni científica alguna.
Pero si me lo permitís, si deseo sumergirme en el trasfondo de este vago discurso adoctrinador. En lo que realmente subyace, a mi entender, el verdadero intríngulis de la guerra santa contra la educación de los sexos.
Una vez leí que la Educación Sexual nos haría libres. No sé si este slogan es real, tal vez pretencioso o simplemente, una necesidad. Pero lo que es obvio es que la Educación de los sexos, y no se nos puede olvidar, es Educación en mayúsculas. Educación científica, rigurosa y enamorada de la crítica. Y esto, no gusta a ciertos sectores, básicamente liderados y ligados a la Iglesia.
Ratzinger dijo en una de sus visitas al estado español: “Ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como se vio en la década de los años treinta”, y hay que contrarrestarlo, digo yo. Y de aquellos barros estos lodos, y a mi entender de aquí viene todo; se trata de creer (de aceptar, creer, pensar, adoctrinar), y no de saber.
Desde el dogmatismo innato de la Iglesia, desde la obligada asunción de su doctrina como revelada y enseñada y definitiva para todos los presentes, no tiene cabida la Educación en mayúsculas. Una educación de los sexos que haga pensar, razonar y saber.
La iglesia y los totalitarismos saben por igual que el mejor policía y el baluarte de su poder es la ignorancia y desde aquí radica todo. Y sino, recordemos los precedentes históricos del apostolado seglar en el campo profesional y público dirigidos a ocupar posiciones relevantes en administración, finanzas y como no, en la Educación.
Así que ultrajan y denigran las ciencias, y nuestra ciencia en concreto, desde su perspectiva de que contrarrestamos su dogma de fe. La iglesia y sus correligionarios se entregan hoy al ejercicio frenético del proselitismo para ampliar su clientela en el mercado bajo la capciosa y moralmente misérrima argumentación de que cuánto mayor es el número de los que creen, más verdadero será lo que se cree.
Sabemos que un Dios sin almas es como un pastor sin ovejas o como un cosmos divino sin espíritus. Ergo, es dios el que necesita que haya almas para poder ser Dios, sino se desvanece en la nada. De ahí su necesidad de denigrar las ciencias, entre ellas, la nuestra.
Pero lo mejor de todo, es que nuestra ciencia por el mero hecho de ser ciencia, no crea dogmas o tal vez, acepta todos, y desde bases científicas, desde el trabajo en actitudes y desde el conocimiento y la reflexión, pretendemos que cada cual sea el mejor hombre y la mejor mujer que consiga ser.
Este malintencionado artículo y desde sus sombra, solo pretende lo defendido cruzada tras cruzada durante siglos, mantener la ignorancia y el mantenimiento de sus dogmas de fe.
En fin, nuestra mejor labor es seguir educando no con fines contras o antis, sino pretendiendo personas libres, críticas y reflexivas.
Ah, y por cierto, hoy me desayuno con decenas de personas felicitándose por el titular del Papa Francisco; “si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, quién soy yo para juzgarla”. Y yo me pregunto, ¿qué es tener buena voluntad?, ¿ser gay tiene que ir con la coletilla de buena voluntad? ¿Siendo hetero, como diría el susodicho papa, ya viene de fábrica esa buena voluntad? Y lo más increíble de todo, si por lo que sea no busca a su señor, entonces, ¿sí podría ser juzgado y condenado al fuego perpetuo?
A mi entender, más de lo mismo, o eres de los míos o serás juzgado por la Santa Madre Iglesia, católica, apostólica y romana.
*Vicepresidente de la AEPS
Sexólogo y Director del Centro Sexológico y de Pareja OREKA
oreka@centrosexologicooreka.com
