BIS

Educación Sexual Infantil

30 Oct 2014 | Artículos, BIS | 0 Comentarios

educacion-sexualAquello que nadie nos explicaba (II parte)

 Ana Fernández Alonso*

Como venimos diciendo desde el comienzo de esta sección, siempre se hace Educación Sexual, incluso cuando no se hace. Por eso es importante, desde los primeros años de nuestros niños y niñas, hacer frente a todas esas situaciones que tienen que ver con sus sexualidades. Y es necesaria una reflexión previa, puesto que la generación que ahora somos padres y madres no tuvimos la suerte, en la mayoría de los casos, de recibir Educación Sexual y son muchas veces nuestros propios fantasmas los que nos incitan a ver cuestiones eróticas donde tan solo hay hitos evolutivos propios de la biografía sexuada de cada niña y cada niño.

Veamos pues lo que sucede en la mayoría de los casos con situaciones que tanto preocupan a familias y educadores como las que vamos a analizar a continuación: La masturbación infantil, la curiosidad hacia otros cuerpos y las transgresiones de algunos juegos…

Masturbación infantil

Llega un momento en el que algunos niños y niñas, descubren que jugar con sus genitales les produce una sensación placentera  y gratificante, hasta el punto de que vemos que realmente les produce excitación. Ya no estamos hablando de la reacción fisiológica consecuencia de una exploración como parte del descubrimiento del cuerpo, sino que es una vivencia que han experimentado, les ha gustado y lógicamente su tendencia es repetirla con periodicidad. Es una situación delicada, porque de cómo la manejemos va a depender hasta cierto punto que entiendan la sexualidad como parte de la intimidad o como parte de lo prohibido.

Esta situación se resolvió con los niños y niñas de nuestra generación con el consabido “Ahí no se toca”, “Eso no se hace cochino”  (o “cochina”, según el caso); o bien “te puedes hacer daño” o “te vas a poner malo-mala”. Para el caso es lo mismo: Nos encontramos con una generación de adultos y adultas que vivimos nuestra adolescencia y juventud con el desasosiego de que la sexualidad era el tabú, lo prohibido, lo peligroso.  Enhorabuena para quienes no lo hayan sentido así. Pero seguro que no queremos eso para nuestros chicos y chicas.

Por tanto, ya sabemos que lo adecuado no va a ser reñirle por su conducta. Pero tampoco dejarle hacer a su antojo, aquí es donde madres y padres se despistan, por un excesivo miedo: a “traumatizar”, a ser unos padres represivos. Nuestras prácticas eróticas forman parte de nuestra intimidad y así lo van a ir entendiendo nuestras hijas e hijos. Se trata de marcar límites, no de imponer prohibiciones. Igual que les hemos enseñado que no se anda desnudo por la calle, ni en casas ajenas, igual que ha aprendido a hacer sus necesidades en el baño y a usar la cuchara para comer, les enseñaremos que esos juegos han de formar parte de su intimidad, de su espacio personal, que no está mal que lo haga, pero que no es adecuado en determinadas situaciones. Así vamos dando a la sexualidad de nuestros hijos e hijas el valor que tiene y el espacio que le corresponde.

Curiosidad hacia otros: Sus iguales (niños, niñas), sus mayores (hombres, mujeres)

Es una alarma que suele saltar a veces en las guarderías “Hay un niño que levanta la camiseta a sus compañeras” “Hay una niña que quita el pañal a los bebés”. Estamos en una sociedad muy mediatizada por un discurso alarmista sobre  todo lo que tenga que ver con el cuerpo y con el contacto físico. Esta conducta, que solo tiene que ver con una lógica curiosidad infantil, lleva a pensar a veces a cuidadores y educadores en sospechas de que tal niño o niña haya podido presenciar determinadas prácticas eróticas de adultos o en el peor de los casos, a relacionar dicha actividad con un posible indicador de algún tipo de abuso.

Nada más lejos de la realidad. Incluso si echamos la vista atrás podremos encontrar en nosotros mismos algún recuerdo de aquella primitiva curiosidad que nos llevaba a intentar descubrir cómo sería el otro o la otra.  A veces la persona responsable del cuidado de los niños aun nos insiste “Pero es que Pepito solo hace eso con las niñas ¿No será que repite algo que ha visto hacer?” Probablemente no. Probablemente solo se trata de que Pepito es chico y ya sabe lo que tiene él dentro del pañal. Y a lo mejor Pepito tiene un hermano o un vecino y sabe que es igual que él. Y entonces busca comprobar si las niñas son iguales o son de otra manera.

Esto por supuesto no quiere decir que no haya que estar atento a posibles indicadores de malos tratos o cualquier tipo de abuso que pudiese detectarse en una Escuela Infantil, pero no dejemos que el sensacionalismo de los medios de comunicación nos haga ver fantasmas donde no hay más que conductas guiadas por la curiosidad infantil, conductas que por otra parte, han existido siempre en la evolución sexuada del ser humano.

Está el otro apartado que se refiere a su curiosidad sobre cómo somos los adultos. Conocen nuestro cuerpo cuando lo ven en casa o cuando en verano tomamos el sol. Pero habrá familias en la cuales los pequeños no vean nada más allá de lo que les permite un bañador o una ropa interior, lo cual por otra parte es perfectamente lícito, ya que cada persona gestiona sus pudores como quiere o puede.  En este sentido, cabe esperar que los pequeños no se detengan ahí y quieran saber qué hay debajo de esos minúsculos trozos de tela.  Puesto que ya habrán descubierto qué tienen ellos y ellas en todas sus partes, querrán saber si nosotros tenemos lo mismo. Y no solo sus padres: también otros adultos de su entorno.

Ahí cada quien se tendrá que marcar sus propios límites. Tenemos nuestros pudores y nuestro concepto de intimidad y no por hacer caso a la consigna de que hay que ser natural vamos a forzar una “naturalidad” que no nos sale.  Ser natural significa mostrarse cada uno y cada una como es. Si lo que nos sale natural es que nuestros hijos nos vean desnudos, no hay problema. Pero si nos da pudor, perfecto también. Y a lo mejor no me importa que mi hijo me vea desnuda, pero me pone nerviosa que me intente tocar (lo cual es fácil que suceda, pues un niño o una niña no van a diferenciar entre tocarte la cara y tocarte las nalgas, por ejemplo).  Hay que gestionar nuestros propios límites y educar a su vez con límites, teniendo claro que no es lo mismo marcar límites que imponer prohibiciones. Y ser capaz de reconocer ante ellos nuestros pudores, cosa que no nos va a quitar autoridad alguna, sino todo lo contrario, porque si intentamos parecer perfectos, el día que descubran que no lo somos perderíamos toda nuestra credibilidad.

Juegos y tocamientos

Finalizando la etapa infantil y acercándonos ya a la edad de la enseñanza obligatoria, los niños y niñas van acostumbrándose a jugar a juegos compartidos. Si al principio, cuando son más pequeños juegan unos al lado de otros aunque cada uno a lo suyo, ahora ya vamos viendo sus interacciones y surgen las primeras amistades. Puede darse la circunstancia de que si observamos sus juegos, alguno nos produzca algún  pequeño sobresalto.

Niños y niñas van a jugar a representar papeles y roles que hayan visto desempeñar. Tanto en su entorno como en las películas infantiles, cuentos o diversos medios de comunicación a su alcance. Y también van a poner en común experiencias propias al objeto de compartirlas con las amigas o amigos de su elección. Aquí es donde los padres y educadores se asustan porque una vez más estamos poniendo nuestros propios fantasmas en la intencionalidad del juego infantil.

Cuando niños y niñas juegan “a los médicos” o a cualquier otro juego que implique un descubrimiento o un contacto con el cuerpo del otro o de la otra, lo que están haciendo es reproducir el descubrimiento de su intimidad y sus sensaciones y dirigirlo hacia el descubrimiento de la intimidad y las sensaciones del otro o de la otra. Es una etapa evolutiva  que se resolverá por si sola.  Si hemos sabido gestionar bien el periodo anterior y guiado hacia el espacio de lo personal e intimo sus conductas exploratorias y experimentadoras, probablemente ellos y ellas van a ubicar este tipo de juegos en el espacio de lo íntimo.

Por cierto que, al tratarse de juegos, van a darse igual entre niños, entre niñas o entre niñas y niños. Por ello no debemos hacer ningún tipo de sobreinterpretación con nuestros parámetros de adultos.  Los juegos infantiles no van a determinar una heterosexualidad u homosexualidad futura.

En cualquier caso si observamos que este tipo de juegos se dan con mucha reiteración y nos preocupa, existen algunas posibles formas razonables de actuar al respecto. Veamos primero si a todos los participantes les gusta el juego. Ya que es posible que a alguno de los implicados no le apetezca jugar. Esto perfectamente lo podemos hablar con nuestro hijo o hija: “He visto que estabais jugando…” Si hemos gestionado bien las etapas anteriores, no tendrán inconveniente en hablarnos de su juego. Pero aun en el caso de que se mostrasen esquivos porque ya lo hayan incluido en su parcela de intimidad, debemos dejarles claro el mensaje de que “sepan decir que no si un juego no les gusta”.

Como no todas las personas adultas nos vamos a manejar igual con esta situación, lo más útil es explicarle al niño o la niña nuestras razones: “No me gusta que juegues a esto porque…” Para ello primero debemos haber analizado nuestro porqué. No es tarea fácil, pero la educación de los hijos e hijas no es fácil en cualquier caso y siempre será mejor a la larga hacer un esfuerzo que zanjar las cuestión con un “porque no”.  Y ellos y ellas esperan nuestras respuestas…

*Sexóloga. Presidenta de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual (ASTURSEX). anina80@hotmail.com

www.atencionsexologica.es